UN NUEVO MODELO DE NACIÓN NECESITAMOS

Hace algún tiempo, en un seminario que realicé con mis alumnos sobre la sociedad y el poder, uno de ellos definió a la sociedad como “un conjunto de problemas”- Entonces no le di mucha importancia a la afirmación, pero con el pasar del tiempo he vuelto sobre ella.

“Un conjunto de problemas” Si, es una buena definición, alejada de los clasicismos weberianos o marxistas, sin tufos sociológicos ni pujos filosóficos, apegada a la lógica de la gente sencilla que igual puede hacerse una pregunta metafísica o una materialista.

Un conjunto de problemas. Si. No es difícil identificarlos. Son de dos tipos: materiales y espirituales. Los materiales tienen que ver con las carencias que los seres humanos padecemos en cualquier punto del planeta y los espirituales con la incapacidad de no poder descifrar los grandes misterios que todavía están en pie.

El sentido común nos dice que para la humanidad es más urgente resolver los problemas materiales que los espirituales. La gente puede vivir con Dios o sin Dios, o posponer la respuesta a los grandes misterios de la vida y la muerte que no les pasa nada; pero no puede estar ni un solo día sin comer, vestirse, refugiarse bajo un techo o escuchar su música preferida, todos ellos rasgos eminentemente materiales de la vida.

Este dilema, que es el núcleo de toda comunidad humana, a lo largo de la Historia ha tenido las más variadas respuestas. En Oriente y Occidente constituyen la esencia de sus respectivas culturas. Esas respuestas se ubican en el plano político, que, como toda ciencia, es el resultado de la desarrollada inteligencia que nos caracteriza como especie.

Tiranía, dictadura, monarquía, democracia son algunas de las formas de gobierno que los seres humanos han inventado, en el marco de un sistema socio-económico general que impone sus reglas de forma obligatoria a toda la comunidad.

En una ciudad Estado, gobernada por los esclavistas, los griegos inventaron la democracia, restringiéndola a los Arcontes y excluyendo de ella a la población mayoritaria de esclavos. Dos mil años más tarde, en Inglaterra y Francia, se amplía la democracia a los derechos del ciudadano que los había conquistado después de más de mil años de servidumbre. El siglo XVIII ve nacer un nuevo sistema económico-social y, concomitantemente, el liberalismo como nueva forma de gobierno. Jurídicamente se inventa el régimen representativo con el poder político segmentado en tres partes y el derecho universal del voto ciudadano.

Filosóficamente el liberalismo trae a la historia el reino de la libertad individual. Esto no es poca cosa si se considera que en el período histórico precedente el individuo, como tal, se encontraba privado de todo derecho. La libertad individual se convierte, desde entonces, en la materia prima con la que se teje toda la red social del capitalismo como sistema.

En la práctica, la libertad individual se traduce en el derecho a la libre empresa que adquieren los individuos, derecho con el cual, esos mismos individuos, compiten entre sí. El resultado de esa libertad y esa competencia es la civilización que hoy tenemos.  

En estricto sentido, el gobierno liberal tiene como misión legislar y normar las leyes y reglas que hagan posible el desarrollo del principio filosófico de la libertad individual y de su complemento lógico que es la libre empresa. Ni más ni menos como en el feudalismo la monarquía legislaba y normaba la vida social para que la gran propiedad terrateniente funcione asociada al derecho que la aristocracia se atribuía de disfrutar de esos bienes.

Pues bien, en el capitalismo sucede exactamente igual, con una diferencia medular, y es que hoy el individuo es dueño y responsable de su destino. Si triunfas es tu culpa, si fracasas, igual.

Esta conquista de las fuerzas progresistas de la Historia no ha sido superada todavía ni será superada mientras no se creen las condiciones históricas respectivas, esto quiere decir, mientras las clases dominantes ya no puedan sostenerse en la cima de la pirámide y las dominadas ya no aguanten el peso de las de arriba, pero ojo con este aserto, esta situación de cambio inevitable debe darse a nivel general (mundial) y no a nivel local. Se trata del cambio del sistema, no del gobierno.

¿QUE PASA EN EL ECUADOR?

El progresismo latinoamericano no es un invento de Fidel Castro ni de Hugo Chávez, es el curso inevitable de la historia que líderes como ellos lo saben aprovechar. En Ecuador, a comienzos del siglo XXI surgió Correa que se imbricó con la corriente latinoamericana progresista. A nivel interno retomó el aspecto más progresista de la trunca revolución alfarista y dio un paso más a la transformación del Ecuador. En ambos casos se puso a tono con el sentido de la Historia, mundial y local.

En un nivel filosófico Rafael Correa no es inventor de nada, ni tan siquiera del correísmo. El pensamiento liberal toma el nombre de correísmo porque en el Ecuador Rafael Correa es el líder reformista que tiene las agallas para llevar a la práctica el derecho de los ciudadanos a disfrutar de la libertad individual conquistada por el pensamiento filosófico del siglo XVIII, en cuya base están pensadores como Locke, Montesquieu y Rousseau. Esa, que fue conquista del pensamiento humano dos siglos antes, en el Ecuador estaba sobrepuesta por el pensamiento conservador del siglo XIX y por un liberalismo funcional a esos intereses. Correa le puso un freno a esa postura y gestionó, desde su gobierno, para modernizar el Ecuador y ponerlo a tono con los niveles internacionales de desarrollo. Liberalismo radical es su mejor definición que, dadas las condiciones históricas creadas hasta el momento de su surgimiento, automáticamente se convertía en un proyecto pro socialista, pero como proyecto, nada más. Jamás el correísmo fue, ni es, un proyecto antisistema.

En este marco de filosofía política el correísmo siempre fue, y sigue siendo, una concepción liberal que defiende al individuo y su derecho a buscar por sus propios medios su realización. Una postura política que le da más importancia al ser humano que al capital y que ni de lejos se plantea eliminarlo ni revolucionar las leyes que rigen el mercado capitalista. Se plantea otorgar a los ciudadanos las condiciones apropiadas para que puedan lograr su realización personal desde todo punto de vista. Las leyes y normas que está dispuesto a crear y defender son las mismas establecidas por la filosofía liberal desde el siglo XVIII poniendo énfasis en el perfeccionamiento de un Estado que se niega a ver con indiferencia los límites que la filosofía personal del liberalismo tiene en el conjunto de la masa productiva de la sociedad. Liberalismo que no por ser radical trasciende las normas y leyes que el capitalismo impone coercitivamente a sus ciudadanos.

La derecha cavernícola es la que se ha opuesto ferozmente a este proyecto de modernización del capitalismo en el Ecuador, demostrando que su proyecto de país no ha evolucionado ni un milímetro desde García Moreno -y de antes inclusive-, que tiene pánico a los cambios que incluso le favorecen y que está dominada por el orgullo aristocrático heredado de la realeza española. Formas seudo modernas que practican algunos sectores de la oligarquía no sirven sino para camuflar su ideal colonial de tener una república platónica en la que las élites ordenen y las masas indígenas-populares obedezcan. Es debido a esta mentalidad que la oligarquía ecuatoriana acusa de socialista a un proyecto que no trasciende los límites del sistema.

En ese propósito han encontrado un aliado anti natural en la izquierda “histórica” del Ecuador y otras fuerzas radicales de izquierda que han terminado empujando el carro de la oligarquía retardataria. Izquierda histórica que siente envidia de no tener un líder que represente los intereses de las masas, como es el caso de Rafael Correa y que de tanta “teoría revolucionaria” terminan siendo burro pie de la derecha. Esa izquierda miope que no termina de comprender que la Historia es un proceso que va de menos a más, hasta cuando ella misma permite las transformaciones.

El triunfo de Daniel Noboa es el reiterado éxito del modelo platónico de nación que en el Ecuador se sostiene en dos pilares: la Iglesia católica, apostólica y romana y una oligarquía fragmentada en cuanto a sus intereses económicos, pero monolítica en cuanto a su concepción de país se refiere.

LA UBICACIÓN HISTÓRICA DEL CORREISMO

¿Tiene el progresismo correista todavía que hacer en el Ecuador? Categóricamente si, a condición de que mantenga el espíritu popular que tuvo en su tiempo el liberalismo machetero de Alfaro y que tan bien lo interpretó Correa en los inicios de su liderazgo político. Si tiene que hacer porque el proyecto de creación de un Estado Nacional de Bienestar todavía sigue trunco. Esa es su misión histórica y nadie debe exigir a la Revolución Ciudadana más de lo que históricamente puede dar.

Dos gobiernos consecutivos de la derecha oligárquica demuestran con visos evidentes el fracaso de ese viejo modelo de país que la oligarquía en su conjunto viene proponiendo. Moreno y Lasso se sostuvieron en sus respectivos gobiernos gracias a la rémora colonial que subyace en la conciencia de las masas sufragantes y que consiste en creer que todo irá bien si “amo patrón” así lo quiere. Cuando se comprenda que la suerte de la nación depende principalmente del esfuerzo de los sectores populares, ese viejo modelo oligárquico habrá llegado a su fin. De llegar el correísmo a triunfar en las elecciones del 2025 no dudo en sostener que la oligarquía comprenderá que más vale ceder una tajada del pastel que perder todo el pastel. Nadie debe admirarse que hasta el 2025 el correisnmo vaya preparando el terreno de esa alianza inter oligárquica que vendría a ser una tabla de salvación a su naufragio histórico y que ese proceso esté encabezado por el correísmo. ¿No es acaso eso lo que una figura como la de Marcela Aguiñaga está proponiendo desde ahora?

Creo que no hay que asustarnos. Si sabemos leer la Historia esa es su lógica. Lo único que puede hacer fracasar ese proceso es que los sectores fascistas de la oligarquía se hagan del poder por medio de la fuerza e impongan el modelo colonial a sangre y fuego, cosa que veo difícil, pero no imposible.

Tarde o temprano el correísmo triunfará en el Ecuador y sus líderes están obligados a llevar las concepciones del liberalismo radical hasta las últimas consecuencias, aliándose con los sectores más sensatos de las élites, incluso, y siempre abiertos al empuje de los sectores populares porque ellos si son portadores de un nuevo modelo de país. Así funciona la dialéctica de la Historia. Es ese fatalismo que actúa para que todo cambie, menos el mismo cambio.

UN NUEVO MODELO DE NACIÓN ES NECESARIO

La ubicación histórica del correísmo les quita toda razón a las élites que acusan a Correa y a su proyecto de socialista. Son acusaciones irracionales motivadas en el fuerte rezago colonial de la mentalidad de nuestras élites y que sólo demuestran el pánico que tienen de perder la república platónica heredada de sus antepasados terratenientes y aristocráticos. Demuestra también que para ellos no existe la Historia. Están anclados en el pasado. Si bien es cierto que los socialismos del siglo XX no fueron experiencias lo suficientemente fuertes como para cambiar el régimen capitalista imperante en el mundo, no se puede ignorarlos. Ellos han marcado a sangre y fuego el curso de la Historia y los que sabemos leerla los estudiamos para corregir sus errores y avanzar en el proceso indetenible del cambio. La propuesta de un nuevo modelo de nación tiene que partir de esas experiencias si se quiere trascender el estado actual de cosas.

Un régimen liberal-radical debe llevar hasta el extremo las potencialidades de su filosofía. La experiencia de la realización individual no puede ser eliminada por decreto, porque todavía la Historia no ha encontrado un sustituto a esa aspiración. El individualismo imperante en la sociedad capitalista, que en última instancia se convierte en la base del éxito personal, no puede ser sustituido por un colectivismo idealizado que sólo existe en la mente de algunos teóricos, La propuesta socialista de matar el individualismo para preservar la individualidad es una propuesta válida pero a largo plazo y que debe ser aplicada de forma sistemática, gradual, hasta que las ventajas del colectivismo socialista se demuestren superiores al individualismo burgués., Para el socialismo, a diferencia del liberalismo, la libertad no está en relación a la realización individual del ser humano, sino a la conciencia de que el individuo es parte de un colectivo y que su realización personal es parte de una meta colectiva en la que todos estamos comprometidos. Dadas nuestras raíces ancestrales, pre colombinas, para nosotros es más fácil comprender la libertad de esta manera. No es obediencia ciega, es conciencia de que la libertad individual nada significa si todo el colectivo no es libre. Esto no se puede imponer, ni por decreto, peor por la fuerza.

Un nuevo modelo de nación debe retomar la vocación agrícola que ha caracterizado a los pueblos andino-americanos desde hace miles de años, incorporando la tecnología que haga posible una agroindustria de primer nivel.

Significa educar a las nuevas generaciones en el amor al trabajo y en el respeto a la naturaleza, eliminando la educación elitista que compartimenta a los educandos, poniendo énfasis en el desarrollo científico que desplaza al pensamiento mágico y supersticioso.

Un nuevo modelo de nación significa un vuelco total en el sistema político para lograr una democracia dinámica en la que la participación de las masas se haga por medio de una permanente movilización que sirva como mecanismo de presión para que sus gobernantes se ocupen de sus necesidades y no usen el poder para su beneficio y el de sus partidarios.

Ninguno de estos aspectos son parte del contenido ideológico-programático del progresismo correista, lo cual no quiere decir que esté en contra de la Historia. El correísmo es la izquierda posible en el Ecuador y como tal debe ser comprendido y apoyado. Que en el límite de sus posibilidades históricas haya una fuerza política que se ubique a su izquierda y se imbrique en el proceso histórico de radicalización de la tendencia, es lo que hay que fortalecer en el accionar político- Creo que esa fuerza vive en el seno del progresismo y creo también que necesita vectores que la canalicen y la desarrollen sin miedo a la confrontación ideológica a su interior. Esa confrontación es útil y necesaria. Quienes se opongan le estarán haciendo el juego a los sectores más conservadores del correísmo.

De no darse el debate ideológico en las filas del progresismo correista lejos estará de cumplir un papel histórico trascendente y se irá convirtiendo en un partido más del folklor democrático, permitiendo que unos cuantos oportunistas saque provecho de su prestigio, cosa que, como es público y notorio, ya viene sucediendo.

Ñukanchik Socialismo es una pequeña fuerza ideológica nacida del seno de la izquierda ecuatoriana y del proceso de lucha del pueblo. Plantea como un mecanismo urgente y necesario la conformación oficial de un gran FRENTE PROGRESISTA NACIONAL, en cuyo seno todas las fuerzas políticas de la auténtica izquierda ecuatoriana tengamos la oportunidad de debatir y defender nuestros puntos de vista en el objetivo final de llegar a construir in nuevo modelo de nación.

Jorge Oviedo Rueda

4 noviembre 2023

Publicado en EL PAÍS QUE QUEREMOS | Etiquetado , , , , | 3 comentarios

MARCELA AGUIÑAGA: UNA REINA NECESARIA PARA LA REVOLUCION 

La generación de los años sesenta, mi generación, creció con la idea de que la revolución transformadora de la chata realidad en que vivíamos, estaba a la vuelta de la esquina. Los rebeldes barbudos que bajaron de Sierra Maestra eran la encarnación del cambio, la representación de la rebeldía de los pueblos irredentos de nuestro continente. Antes de su sacrificio luminoso el Che Guevara había dicho un discurso en Naciones Unidas que representaba las aspiraciones de nuestros esquilmados pueblos y su muerte se convirtió en el norte que la juventud latinoamericana debía seguir. Todo esto en la década de los años sesenta mientras nos enloquecía la música de los Beatles y nos maravillábamos con la filosofía de los hippies y veíamos a Neil Ángstrom pisar la luna. Todo se movía a una velocidad vertiginosa y nadie que tenía conciencia política dudaba de que en poco tiempo estaríamos festejando el triunfo de los humildes. 

Cincuenta años más tarde las cosas siguen igual. Nadie ha vuelto a tener la fuerza histórica que tuvo Fidel Castro y sus comandantes para enfrentar al imperio norteamericano. Las fuerzas del orden han prevalecido y la utopía del cambio radical de las condiciones de vida de nuestros pueblos, sigue siendo una Utopía, algo así como un lugar que no existe, que nos sirve, como decía Galeano, para tomar fuerzas y seguir caminando. 

LA UTOPIA DESARMADA 

Con el ejemplo cubano, mi generación creyó en la lucha armada como método de la revolución transformadora. En un primer momento, inclusive, llegamos a creer que todo era cuestión de irnos al monte y bajar victoriosos, pero pronto comprendimos que una revolución es un hecho extremadamente complejo en el que entran en juego fuerzas poderosas. Nadie en América Latina pudo replicar el ejemplo cubano. En esta primera ola se fracasó en Argentina, Colombia, México, Venezuela, Centro América. Se fracasó también en Bolivia con el Che a la Cabeza. Al finalizar los sesenta la lucha armada ya no era una opción. 

El triunfo de la Unidad Popular en Chile replantea la discusión de las vías para la revolución. Allende encabeza un proceso democrático que lleva a la izquierda socialista al triunfo electoral. Chile se convertirá en un sangriento laboratorio político en el que el poder mundial experimenta todas las fórmulas de la contra revolución capitalista. Veinte años más tarde del triunfo de los rebeldes cubanos, la insurrección sandinista en Nicaragua triunfa por la vía de las armas, pero para entonces el poder yanqui ha acumulado una enorme experiencia y termina ahogando ese proceso. Al iniciarse los ochenta, la utopía armada de los pueblos latinoamericanos, se encuentra desarmada, como sostuvo un renegado mexicano del que ahora nadie se acuerda. 

El derrumbe de la ex Unión Soviética parecía enterrar, de forma definitiva, a la izquierda mundial, incluida la latinoamericana. Se quedó prácticamente sin voz, replegada en la conciencia de no haber estado a la altura de los retos históricos de transformación que exigía la sociedad humana. Pocas voces aceptaron el reto de buscar nuevos caminos y revitalizar el pensamiento de izquierda. El mundo unipolar parecía ser la tumba de todas las utopías zurdas. 

EL PROGRESISMO LATINOAMERICANO 

La Historia es la memoria de los pueblos. Gracias a ella no marchamos sobre el mismo terreno porque su conocimiento nos permite aprender de los errores. A finales del siglo XX la izquierda mundial, en general, y Latinoamericana en particular, tenían el ejemplo del socialismo real para aprender y superar los errores. Para los latinoamericanos estaba claro que la opción de la lucha armada para la toma del poder ya no era posible. El Foro de Sao Paulo se crea en 1990 como una iniciativa del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva. La socialdemocracia se junta con los partidos de concepción más radical y revolucionarios, no para “desestabilizar la democracia” como dicen los uribistas, sino para buscar alternativas a la grave situación social y económica creada por el neoliberalismo mundial. El Foro no es una mezcla, sino una unión de posiciones moderadas, más radicales y revolucionarias. En sí mismo, una estrategia a largo plazo para superar el capitalismo. 

La reacción mundial tiene muy claro cuál es el objetivo estratégico final del Foro, por eso han desatado una guerra sin cuartel contra toda manifestación progresista que asome las orejas en el continente. Lo hicieron contra Bachelet en Chile, los Khisnerst en Argentina, Zelaya, Evo, Mujica, Correa, Lula. Saben que detrás del progresismo está la opción socialista, cuyos ejemplos más altos son Cuba, Venezuela y Nicaragua. La estrategia neo imperialista es combatir, sin tregua, esta alternativa, que sin ser radical ellos la saben un eslabón necesario en el cambio revolucionario. La muy debilitada izquierda auténtica y revolucionaria también lo sabe, pero se encuentra en desventaja colosal, no sólo en relación con las fuerzas reaccionarias, sino también en relación con las propias fuerzas progresistas. 

¿EXISTE UNA IZQUIERDA AUTÉNTICA Y REVOLUCIONARIA? 

Si, claro. Es una izquierda que nada tiene que ver con el “revolucionarismo” infantil de los años sesenta, ni con el guerrerismo de las FAR o del ELN colombianos; se parece más al EZLN pero no es lo mismo. Es una izquierda que, por el momento, se circunscribe básicamente al área andina de Bolivia, Ecuador y Perú por la sencilla razón de que en estos países se encuentra la base ancestral que le hace posible. 

En el Perú y en Bolivia la vía del socialismo americano se encuentra en marcha y en el Ecuador el neo imperialismo ha decidido experimentar una alternativa brutal de penetración en el seno de las mismas fuerzas sociales aliadas del cambio y la transformación. Ese es el caso de fuerzas políticas como la de Pachakutik y las izquierdas socialdemócratas enemigas del correismo.y de falsos líderes de izquierda como Yaku Pérez Guartambel. Es una izquierda que nada tiene que ver con ese “pachamamismo” trasnochado que consciente, o inconscientemente, plantea una especie de “talibanismo” andino que podría ser de funestas consecuencias para la vida de nuestros pueblos. Si el descarnado liquidacionismo de Sol Rojo, en el Perú, fue un error histórico que derramó sangre inocente, el racismo al revés de estos pachamamistas puede ser todavía más sangriento. A largo plazo, eso mismo es lo que quieren las fuerzas de la reacción mundial. Todo el aparataje ideológico del sistema se encarga de difundir la idea de que este sector es la “nueva izquierda”, cosa que está lejos de ser verdad. No es sino un Caballo de Troya para frustrar, a largo plazo, las aspiraciones populares. 

NO HAY UN “PROGRESISMO” DE IZQUIERDA 

El progresismo es uno solo. Tiene matices, por supuesto, pero desde comienzos de este siglo es, en nuestro continente, la “izquierda posible”. Ese progresismo, a la que la derecha llama “populismo de izquierda”, es la respuesta posible a la crisis múltiple que afecta actualmente a la humanidad. En él se sintetizan dos factores que la “izquierda histórica” jamás pudo resolver: uno, el liderazgo electoral y dos. las tesis históricamente posibles de sus planteamientos. No hay un solo caso de liderazgo de izquierda que haya sido un fenómeno electoral amenazante para las élites y para el sistema y jamás sus planteamientos programáticos fueron considerados, siquiera, por las fuerzas del orden. El progresismo latinoamericano supera esas limitaciones.  

Pero es eso, nada más, progresismo, quiere decir, un paso adelante en la marcha del pueblo hacia su liberación. Al progresismo no se le puede exigir medidas radicales. Está para quitarle una tajada al pastel de las oligarquías latinoamericanas y no para quitarle todo el pastel; es una opción política de transición entre la sociedad neoliberal y el socialismo, pero es una opción que garantiza la continuidad del proceso revolucionario, de lo cual se deduce que, si se quiere avanzar, hay que estar con él y no contra él. 

La derecha difunde la idea de que hay un progresismo de izquierda. Es la tesis ideal para justificar experimentos políticos como el de Yaku Pérez Guartambel en el Ecuador. Con ello crean la ilusión de que se está avanzando en la causa popular, pero no es otra cosa que la aplicación práctica de las viejas fórmulas de penetración en las filas del movimiento popular, cuyo control dirigencial garantiza la continuidad del estado de cosas existentes. Hay un progresismo reformista que es, hoy por hoy, la izquierda posible y hay una izquierda revolucionaria llamada a garantizar la radicalización del proceso social-político iniciado por el progresismo. Lo que nos enseña la historia de la izquierda latinoamericana es que a estas alturas la socialdemocracia y la izquierda revolucionaria no pueden estar yuxtapuestas, sino que deben consolidar una firme alianza transformadora. 

Esta reflexión no es igual a la que en el año 2006 se hizo la “izquierda histórica” en el Ecuador. Toda esa izquierda creyó que podían aprovechar el huracán del liderazgo de Rafael Correa y dirigir desde atrás el proceso. ¿Qué proceso? El mismo que Correa defendía y cuya propiedad política le correspondía con indudable derecho. Esa izquierda reformista quería disputarle el reformismo a Rafael Correa, pero se dio contra la pared, primero, porque sus luces alumbraban mucho menos que las de Correa y, segundo, porque la aceptación de sus líderes era prácticamente nula en el seno del pueblo. El oportunismo, e incluso la corrupción en sus filas, fueron definitivamente desenmascaradas por Correa, hecho de enorme trascendencia porque, desde ahí, esa izquierda dejó de ocupar el lugar que le correspondía a la verdadera y auténtica izquierda revolucionaria, hasta entonces, débil y oculta tras la zarapanga de los falsos membretes de Socialismo, Comunismo y otras hierbas seudo izquierdistas. Dicho de otra forma, Correa tiene el mérito histórico de haber desbrozado la intrincada maraña de la atomizada izquierda ecuatoriana, dejando en el tinglado político las dos únicas corrientes de izquierda que pueden hacer avanzar la revolución popular: el reformismo progresista de poderosa fuerza electoral, o sea, la izquierda posible, y la izquierda revolucionaria. Se impone, entonces, preguntarnos ¿qué es esa izquierda revolucionaria? Veamos. 

¿QUE ES LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA? 

La que durante más de medio siglo aprendió que la toma del poder es un largo proceso de medición de fuerzas entre los sectores populares y sus vanguardias con las élites y sus aliados internacionales, confrontación que, obligatoriamente, se tiene que dar en el marco constitucional vigente, es una nueva izquierda que acepta no tener la fuerza electoral necesaria para triunfar sola, razón por la cual plantea una alianza en firme con el progresismo, sin ocultar, ni sus planteamientos, ni sus intenciones de responder revolucionariamente a las necesidades de radicalización de la lucha popular. Una nueva izquierda que fusiona el pensamiento ancestral del Sumaw Kawsay con las concepciones de lo mejor del pensamiento revolucionario de occidente. Es una izquierda abierta, autónoma, aliada pero diferente del progresismo, una izquierda que vive en él como los glóbulos rojos viven en la sangre y sin cuya presencia el progresismo no sería otra cosa que un recurso de reordenamiento del capitalismo local y global, es una izquierda ecologista y anti extractivista que plantea una nueva forma de vida, basada en la cooperación comunitaria y la prevalencia de la propiedad social sobre la propiedad privada de los medios de producción. Una izquierda de raíz americana pero que no desconoce la importancia del mestizaje y los aportes que durante quinientos años ha hecho la invasión cultural de Occidente, es una izquierda que cree en la igualdad de las razas y condena la desigualdad de las clases sociales. Es una nueva izquierda dirigida por una vanguardia político espiritual de auténticos revolucionarios y no por fichas del poder mundial cuyo ego es manipulado por sus intereses de conservación del orden secularmente establecido.  

Los enemigos de la nueva izquierda se han dado en sostener que una izquierda con esas características es una nueva utopía que no existe y no es viable, lo cual es fácilmente refutable si se observan los resultados electorales de las últimas elecciones presidenciales en el Ecuador, en la que la candidatura de Yaku Pérez Guartambel obtuvo un contundente 16 % de la votación general, estando a un milímetro de entrar al balotaje y disputar, probablemente con éxito, la presidencia de la república. ¿Cuáles fueron sus planteamientos? Precisamente los que acabamos de consignar, los de la nueva izquierda ecuatoriana y latinoamericana. 

El problema radica en que Pérez Guartambel y sus aliados, Pachakutik y esa izquierda socialdemócrata trasnochada llena de figuras prestigiosas capaces para la teorización de la realidad, pero íntegramente incapaces para la práctica política, son, casi en su totalidad, un producto fabricado en los laboratorios del poder mundial y tienen como misión remover la superficie del sistema para conservar su fondo. No sólo el voto nulo demuestra este aserto, sino la campaña de odio orquestada durante largo tiempo contra el progresismo correista. De haber triunfado Pérez Guartambel, el proceso de dominación interno e internacional se habría consolidado con la apariencia postiza de un cambio de izquierda. De haberse comprendido esta realidad, las fuerzas aliadas de esta izquierda con el progresismo habrían triunfado en las elecciones presidenciales y conformado un sólido bloque parlamentario, con lo cual, el progresismo reformista de Rafael Correa habría tenido que adaptarse a las exigencias populares o confrontarse con el pueblo, conflicto del cual, sin duda alguna, con una dirección firme y lúcida habrían salido triunfantes las fuerzas revolucionarias. Pero no sucedió así. El poder mundial ganó la primera batalla. La obligación de los nuevos revolucionarios es impedir que esas fuerzas oscuras vuelvan a triunfar. ¿Qué hacer? 

UNA REINA NECESARIA 

La última convención del Correismo acaba de elegir a Marcela Aguiñaga como directora nacional de esta tendencia. Es una dirigente valiente y extremadamente capaz. Lo ha demostrado en su ya larga gestión parlamentaria y en las múltiples batallas que el correismo ha librado en su trayectoria. Ideológicamente representa las aspiraciones de una clase media que ha tomado conciencia de sus derechos y obligaciones en la sociedad ecuatoriana. Al igual que su líder, comprende que el pastel de la prosperidad no puede ser de consumo exclusivo de las élites y sus aliados, cree que lo justo es que una de sus tajadas sea repartida con los menos favorecidos. La fraseología marxista dice que representa a una pequeña burguesía con aspiraciones. A esta dirigente, hermosa por demás, se le ha encargado la tarea de construir un partido político que sea capaz de volver al poder. Los dirigentes históricos del correismo parecen, por fin, haber comprendido algo elemental en política como es disponer de un vehículo apropiado si el objetivo es viajar a la luna. Sin partido no hay viaje, luna y peor revolución. Teniendo claro este primer punto, entonces, se impone preguntarnos ¿qué tipo de partido se tiene que construir? 

La experiencia nos dice que la construcción de un partido proletario en el Ecuador sigue siendo una traspolación errónea de las experiencias europeas, rusa principalmente. Aquí, Alianza País y la Revolución Ciudadana demostraron que para ganar unas elecciones hay que considerar a la ciudadanía como el único factor impulsor del triunfo. Desde el 2006 está negado para una izquierda auténtica especular sobre otras formas de triunfar electoralmente que no sea considerando a la ciudadanía su motor, políticamente hablando, disputando a las élites el control del Estado con sus mismas reglas. Se necesita, entonces, un partido electoralmente fuerte, capaz de competir con éxito en todas las elecciones que la actual democracia plantea.  

Esa es la misión que la Historia ha puesto en manos de Marcela Aguiñaga: construir una maquinaria electoral sólida y eficiente que recoja las aspiraciones de la clase media, media baja, los pueblos y nacionalidades indígenas y los sectores populares que, juntos, conformen una alianza clasista imparable en cuanto proceso electoral se presente. El liderazgo personal de Rafael Correa ya lo logró en su tiempo, pero ahora ya no es lo mismo, el caudillismo no es suficiente, se necesita la organización política multifuncional si de sostener el proceso de cambio se trata. No es un partido revolucionario, es un partido reformista. En él tienen que tener cabida todos los sectores sociales, por el momento los sectores medio de la ciudadanía a la cabeza, cuyo liderazgo visible son figuras como las de Rafael Correa y la propia Marcela pero que en su seno hablen y se desarrollen campesinos, obreros, trabajadores, minorías, artesanos, jóvenes, todos, todos los sectores que conforman la inmensa mayoría de ciudadanos empobrecidos y desprotegidos del Ecuador.  

Pero, y es un pero importante, ese partido, con esas características, tiene que ser capaz de hacer alianzas también con sectores políticos de la sociedad ecuatoriana que vayan de la izquierda al centro, pero cuyo eje rector debe ser la noción del cambio y la transformación. Una alianza en la que se ha fijado los objetivos a largo plazo, no puede ningunear a ninguna organización política por pequeña que fuera. Todos deben estar dentro del vehículo cuyo objetivo final es alcanzar la luna. 

Si en esa alianza está la izquierda auténtica, con las características que hemos descrito más arriba, viviendo como los glóbulos rojos en la sangre, está garantizado el triunfo futuro y nadie tiene derecho a enojarse ni a resentirse por lo que cada sector piense o plantee. El diálogo abierto y la polémica civilizada, harán que las posiciones más avanzadas, dentro de la izquierda, vayan ganando terreno. Rafael Correa, Marcela Aguiñaga, Patiño, Hernández, Rivadeneira, todos los dirigentes históricos, tienen que ponerse a tiro de las bases, para con ellas discutir los temas de la política, de la economía, de la cultura, de todo. De esta práctica irán surgiendo los nuevos líderes, no el nuevo líder, digo, los nuevos líderes que dirigirán, en un futuro cercano, los destinos del partido, del Estado y de la patria. Eso es lo que se entiende por liderazgo colectivo. Eso es lo que, en el futuro, cuando nos toque construir una nueva democracia, garantizará la salud de una nueva forma de sociedad y de vida. 

No es pequeña la tarea que Marcela Aguiñaga tiene en sus manos, pero es el reto para una reina a la que la Historia le ha puesto en un sitio clave y en un momento adecuado. Una correcta construcción del partido garantizará una correcta marcha del proceso y una correcta marcha del proceso nos llevará al triunfo, porque el presente es de lucha, el futuro socialista. 

Jorge Oviedo Rueda 

12-09-2021. 

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , | 7 comentarios

UN NUEVO PARTIDO ES NECESARIO

Hace más de un siglo y medio Marx y Engels publicaron El Manifiesto Comunista. Fue escrito para difundir las ideas de un pequeño grupo de obreros que se hacían llamar Liga de los Comunistas, entonces pequeños e insignificantes en el contexto político de la Alemania de ese entonces. En él, creo yo, están esbozadas las principales concepciones del marxismo, pese a lo cual, en ninguna otra parte de su vasta obra, los creadores de la doctrina marxista se refirieron específicamente, a la creación de un partido para la revolución proletaria. En el Manifiesto y en toda su obra, Marx y Engels concibieron que el proletariado, unido por la ideología anticapitalista, era, por si, el partido revolucionario, conformado no por una clase en sí, sino por una clase para sí.

Photo by Anthony on Pexels.com

Será a raíz de la experiencia de la Comuna de París que Marx reflexiona sobre los instrumentos que el proletariado necesita para alcanzar y sostener el poder. En su ensayo titulado La Guerra Civil en Francia llega a la conclusión de que la clase obrera debe organizarse como un partido para vencer a la burguesía, teoriza sobre este tema, pero no deja ni un manual ni una guía para la construcción del partido revolucionario.

Medio siglo más tarde y desarrollando de forma práctica las ideas de Marx, Lenin nos legará ideas concretas sobre la construcción de lo que él llamo un partido de “nuevo tipo”, creando una teoría apropiada para las circunstancias históricas que vivía la Rusia zarista de comienzos del siglo XX. Sostuvo, lúcidamente, la necesidad de la alianza obrero-campesina en los soviets junto a piquetes de obreros armados y soldados revolucionarios. El partido de “nuevo tipo” alcanzó el triunfo en el seno de la sociedad más atrasada de la Europa de entonces, gracias a las ideas marxistas enriquecidas por el genio político de Lenin que supo adaptarlas a las específicas circunstancias de la realidad rusa.

En estos casi doscientos años transcurridos desde la publicación del Manifiesto Comunista, la burguesía mundial ha pretendido refutar al marxismo, sin que haya llegado a afectar ninguno de sus fundamentos. Sus más manidos argumentos son dos: que el marxismo no es una ciencia y que, a estas alturas, es ya una teoría obsoleta.

El marxismo es una ciencia que se sostiene en la dialéctica materialista y está vigente en tanto Marx nos legó un método de análisis que se aplica a la naturaleza, a la sociedad y al pensamiento. Otra cosa es que sus seguidores hayan hecho de sus ideas un catecismo y hayan hecho con ellas un lecho de Procusto en el cual, lo que sobra se lo mutila y lo que falta se lo estira. La correcta interpretación de sus ideas va de la realidad a la teoría y vuelve después a la teoría enriquecida por la experiencia. En otras palabras, nos advirtió que sólo la práctica es el criterio de la verdad.

Así como en la lucha obrera de comienzos del siglo XX Lenin fue capaz de ampliar y enriquecer las ideas de Marx, hoy, un siglo después, a los revolucionarios latinoamericanos nos queda el reto de adaptar el marxismo a nuestras concretas circunstancias históricas. Contamos con la invaluable experiencia de procesos revolucionarios triunfantes y, también, muchos fracasos. Esa riqueza es la que nos debe servir para acertar en la teoría revolucionaria que nos debe guiar en la lucha contra la opresión del capital.

La revolución cubana de 1959 es un punto de partida obligado para adentrarnos en este tema. Los guerrilleros de Sierra Maestra patearon el tablero de los partidos consulares de la izquierda latinoamericana. La insurrección de Fidel Castro fue una “revolución en la revolución”, un rompimiento con las reglas del Frente Amplio auspiciado por el Partido Bolchevique. Castro demostró que se podía derrotar a la tiranía sin enarbolar las banderas de la lucha proletaria, sino simplemente insurgiendo contra la tiranía, enraizados en las tradiciones de lucha de su pueblo. Lo que se pudo hacer en Cuba, el Che Guevara no pudo repetirlo en Bolivia, pero la izquierda se enriqueció con estas experiencias.

En Chile Salvador Allende triunfó democráticamente después de varios intentos demostrando que la unidad de las fuerzas revolucionarias era un requisito indispensable para el triunfo. La garra imperialista echó abajo el triunfo allendista, pero también ese caso enriqueció la experiencia de la izquierda latinoamericana.

Con el nuevo milenio y, en base a estas experiencias, en Venezuela surgió una nueva alternativa de izquierda que fue el progresismo. Lo esencial de esta posición de izquierda es haber aceptado actuar en la democracia burguesa con sus mismas reglas. La propuesta desató una corriente de triunfos que puso a la derecha contra la pared y cuyos ecos todavía causan preocupación a las fuerzas reaccionarias.

En el marco de esa corriente progresista latinoamericana triunfó en el Ecuador el movimiento Revolución Ciudadana a cuya cabeza estuvo el liderazgo de Rafael Correa Delgado. Una década de triunfos electorales y de fuerte respaldo popular. Los logros alcanzados en ese período sólo los desconocen las fuerzas de la derecha y nadie, en su cabal juicio, puede desconocer su trascendencia histórica. Ocho años después de tres gobiernos de la más cavernícola derecha, ha llegado el momento de considerar seriamente una reorganización de la fuerza progresista que sigue manteniendo un caudal electoral impresionante.

El primer nivel del análisis se tiene que centrar en la necesidad de construir el instrumento partidario necesario para triunfar electoralmente y sostener el triunfo ya en el gobierno.

NO UN PARTIDO DE NUEVO TIPO, SINO UN NUEVO PARTIDO

El movimiento 26 de Julio en Cuba fue el motor inicial de la revolución. Su programa no fue revolucionario, más bien patriótico y reformista como se desprende de la lectura de la defensa hecha por Fidel C astro después del asalto al cuartel Moncada: en los planteamientos programáticos de la Unidad Popular en Chile se habla de reformas progresivas conducentes a un régimen socialista; tampoco los programas del PT en Brasil o el MAS en Bolivia se enfrascan en procesos revolucionarios radicales, sino en un proceso político que vaya de menos a más, hasta alcanzar las metas de una sociedad diferente, pos neoliberal, en todos los casos.

La Revolución Ciudadana en el Ecuador no es una excepción. Tuvo el acierto de retomar el proceso liberal trunco iniciado por Eloy Alfaro que se encaminaba a reformas socialdemócratas que permitieran la construcción de un Estado de Bienestar semejante a los europeos surgidos después de la segunda guerra mundial. La reforma del Estado, la construcción de la infraestructura vial, el fortalecimiento de los sectores de la salud y la educación fueron parte del proyecto socialdemócrata que, dadas las circunstancias regionales, era un proceso encaminado al socialismo, aunque con muy buen criterio la RC habló siempre de pasar a un Estado pos neoliberal. La reacción de la derecha en estos últimos ocho años ha socavado las bases del progresismo de izquierda y dado un salto para atrás en la marcha de la Historia.

La tarea que se presenta es rehacer el espíritu inicial de la RC, pero ya no como un movimiento, sino como un Partido Revolucionario, destinado no a reformar la sociedad ecuatoriana, sino a transformarla, saliendo al paso a esa reaccionaria posición de una “tercera vía que ahora manejan con tanto entusiasmo los enemigos de la RC

Esta tarea histórica no la puede llevar adelante ni un caudillo ni un movimiento político, lo tiene que hacer un partido político de sólida estructura orgánica y definida ideología revolucionaria. Ese partido no existe. Hay que crearlo. Es la experiencia histórica la que nos guía y el marxismo como teoría enriquecida con los elementos de nuestra realidad

LA EXPERIENCIA HISTÓRICA. [JO1] 

El Ecuador de hoy nada tiene que ver con la Cuba de 1959, peor con la Rusia zarista de comienzos del siglo XX, ni con Chile ni con México. Es una realidad específica que comparte rasgos comunes con los países de la región y, de forma más particular, con los del área andina, Pero sus problemas tienen los componentes que le dan su Historia, sus tradiciones, sus costumbres y hasta su geografía. Esto significa que la solución a sus problemas tiene que ser creadas, no copiadas.

El problema del partido es uno entre los muchos que los revolucionarios ecuatorianos tienen que resolver. Y del cual nos ocuparemos en este artículo.

Un Partido para la revolución nunca se ha creado en el Ecuador. Partidos con ideología de izquierda si, pero jamás con proyección revolucionaria. Fueron siempre parte del juego democrático y jamás se definieron como antisistema. Las clases dominantes se dieron el lujo de tratarlos como a sus enemigos, pero siempre controlados por su poder. Cuando Correa irrumpe en el escenario político nacional, el olfato burgués termina detectando que en ese movimiento se anida la semilla de su destrucción. Por eso apunta sus armas contra él. Pero la propia RC no se da cuenta inmediata de cuanto potencial abriga su posición. Actúa movida por el prestigio de sus líderes y por el hálito popular que lo respalda. No tiene el cuidado de construir el vehículo con el cual pueda viajar al futuro. Se construye un movimiento político abierto, propenso a la infiltración del oportunismo y de la corrupción, inevitables cuando del poder se trata. El sesgo meramente electoral lo convierte en un movimiento administrativo dedicado a gestionar las obras que el subdesarrollo económico mantiene represadas. Esas limitaciones afloraron cuando llegó a su fin el mandato de Rafael Correa y el movimiento se vio en la necesidad de cambiar sus dirigentes. Su líder máximo y la misma estructura del movimiento tuvieron que confiar en militantes que no tenían la firmeza ideológica que se necesita para sostener un proceso. El resultado fue la transferencia del poder a las clases dominantes.

A estas alturas está claro que para avanzar al futuro hay que construir un partido orgánico e ideológicamente poderoso, dúctil en su lucha contra las élites e incapaz de romperse en su enfrentamiento.

Orgánicamente sólido quiere decir organizado territorialmente, desde las parroquias hasta las estructuras provinciales, regionales y nacionales, confiadas a cuadros probados de la militancia ciudadana. Orgánico quiere decir que todas las instancias de dirección responden a la dirección inmediatamente superior a su jerarquía, desde las parroquias hasta las direcciones nacionales y estas a su vez, a los órganos del poder partidario establecidos, como son el buró nacional, las asambleas regionales o provinciales y la convención general del partido que se realiza periódicamente o de forma extraordinaria.

Un partido de esta naturaleza no es un partido de “nuevo tipo” como Lenin planteaba, es un partido para el cual el sujeto de la revolución no es solamente la clase obrera, sino una alianza popular conformada por todos los sectores explotados por el capital industrial y financiero que ahora dirigen el mundo. Esto no es una mera declaración volitiva, es la experiencia práctica de casi veinte años de lucha del progresismo que, en la práctica, se ha demostrado ser la izquierda posible en el Ecuador.

Se tierne que pasar a construir un partido semi abierto, capacitado para la lucha electoral, pero con los mecanismos orgánicos que le permitan volverse mas cerrado y selectivo en la medida que la lucha de clases se vaya agudizando.

Esto sólo es posible si la estructura orgánica se sostiene en una ideología revolucionaria, que para nosotros los ecuatorianos, por ser parte de la macro realidad andina, integra las ideas del marxismo revolucionario con nuestras tradiciones de lucha y pensamiento ancestral que se reflejan en el equilibrio estructural nacido de una equitativa distribución de la riqueza social, en el sentido raigal de la propiedad colectivista y del trabajo como fuente primigenia de la vida colectiva.

Un nuevo partido acepta en su estructura la existencia de una base de simpatizantes, otra de militantes y otra de cuadros dirigentes, todos los cuales tienen que pasar por un proceso de educación política de acuerdo a su nivel. Nadie puede estar fuera de estas estructuras organizativas, desde el último simpatizante hasta el máximo dirigente. Es el partido el que ejerce el control ideológico y en esto no debe haber lugar a dudas ni a discusión. Esa es la armazón estructural de un partido que se amolda a nuestras particulares circunstancias históricas.

Este es el partido que se tiene que construir si se quiere cambiar una terca realidad que nos mantiene atados al pasado colonial y que pretende ceñirnos a los apetitos del neocolonialismo imperialista.

Un partido revolucionario es la forma de superar las deficiencias demostradas en estos últimos veinte años.

HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE

Jorge Oviedo Rueda

06-12-2025


 [JO1]

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

UN PARTIDO, NO UN COLADOR

Las grandes gestas de la política mundial durante el siglo XX fueron llevadas a cabo por partidos políticos orgánica e ideológicamente sólidos. Sucedió en la China de Mao, en la Rusia de Lenin, en la Alemania de Rosa Luxemburgo. La resistencia anticolonialista de los vitnamitas y su triunfo fue llevada a cabo por un partido.

Construir un partido para luchar contra el enemigo de clase es como el ABC de la política. En el caso de América Latina oarece ser que no se comprende esta verdad. Somos inclinados a hacer la política amparados en el caudillismo que no en la organización partidaria.

La revolución mexicana de comienzos del siglo XX es un ejemplo. Líderes como Pancho Villa o Emiliano Zapata son el símbolo de esa gesta popular, no un partido. Juan Domingo Perón, Hugo Chávez, Evo, Correa y como ellos muchos más.

Las razones históricas pueden ser muchas, pero quizás una de las principales sea que el proceso de industrialización en América Latina no sigue los pasos clásicos del desarrollo industrial europeo. Las masas trabajadoras en AL no han tenido la disciplina clasista que tuvo el proletariado en Europa. La inclinación al liderazgo caudillista ha estado sostenida en una masa más espontánea a la resistencia.

Pero mucha agua ha corrido debajo del puente de la sociedad moderna. La globalización y el capital financiero que ahora domina el mundo ya no temen los moldes de partidos de “nuevo tipo” como Lenin sostenía cuando el bolchevismo avanzaba al triunfo.

En AL la Revolución Cubana rompió los moldes clásicos de la organización partidaria y, con un movimiento político insurgente, hizo frente a la dictadura de Batista. Su organización como partido fue un proceso posterior al triunfo revolucionario.

La realidad histórica actual exige nuevas respuestas. La izquierda latinoamericana ha aceptado el reto de jugar con las mismas reglas que impone la democracia burguesa, lo que obliga a la izquierda a organizarse como un partido político orgánico e ideológicamente poderoso si quiere resistir con éxito el embate de las clases dominantes y de las fuerzas internacionales que las apoyan. No hay otro camino.

PARTIDO, NO MOVIMIENTO  

Está claro que en América Latina, casi sin excepción, el sujeto revolucionario no es exclusivamente el proletariado. El concepto más amplio de ciudadanía se adapta mejor a nuestra realidad. En él están inmersos todos los sectores que se ubican fuera de la dualidad capital-trabajo. La idea leninista de que el proletariado es la vanguardia de la lucha social contra el capital es correcta, pero en nuestro caso no es la más fuerte. La vanguardia de la lucha se construye con lo más conciente de los sectores antisistema que van desde el obrero hasta los grupos discriminados de la sociedad civil- Esto no es nada imposible y se ha demostrado que en América Latina funciona como la izquierda posible o el proceso progresista.

Para los ecuatorianos el ejemplo está en el correísmo surgido a comienzos del presente siglo. Pero desd entonces, hasta el momento actual han pasado más de veinte años. Es hora de avanzar de el respaldo espontáneo de las masas al prestigio de un caudillo, a la organización científica y eficaz de un verdadero partido para la revolución.

El marco ideológico para esa organización partidaria es sin duda el marxismo-leninismo, fusionado, ahora en nuestro caso, con el pensamiento ancestral andino que singulariza  nuestro accionar político. Un nuevo partido, no un partido de “nuevo tipo” como Lenin planteaba, sino un nuevo partido que tenga la ductilidad para afrontar a la lucha electoral y se vaya construyendo para cuando la fuerza de las circunstancias históricas le obliguen a enfrentar, en el terreno de la violencia revolucionaria, a la violencia reaccionaria. Esta tarea sólo puede ser llevada a la práctica por lideres revolucionarios antisistema, que saben cuan importante es desarrollar una táctica y una estrategia para el triunfo revolucionario y no para la simple reforma, aunque en el camino se tenga que librar, batallas reivindicativas.

Si el sujeto revolucionario es, en nuestro caso, la ciudadanía, está claro que el correísmo ha dado el primer paso para su organización. Rafael Correa sigue siendo el líder, detrás de él esta la masa postergada que jamás ha sido atendida por el poder oligárquico y a la que hay que organizar. A ese sujeto radical hay que organizarlo en un partido. Creo que un cincuenta por ciento está hecha la tarea, el otro cincuenta por ciento depende de la claridad ideológica con la que ahora se comience a dirigir el proceso. Un partido abierto, con mecanismos de selección y educación política que garanticen la firmeza de su militancia en los difíciles momentos que se han de presentar en la confrontación de los intereses clasistas.

En la Revolución Ciudadana he visto que Felipe Vega de la Cuadra tiene claras estas ideas y la coincidencia de dirigentes como Luisa González que no hacen otra cosa que interpretar el más hondo sentido de la militancia radical y revolucionaria de la Revolución Ciudadana.

MILITANTES Y REVOLUCIONARIOS DEL ECUADOR, NO PODEMOS MENOS QUE ESTAR DE ACUERDO CON ESTE PROCESO QUE TENDRÁ SU PUNTO DE PARTIDA EN LA PROXIMA CONVENCION DE LA REVOLUCION CIUDADANA.

VAMOS CON FUERZA AL TRIUNFO.

Jorge Oviedo Rueda

1-XII-2025

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

LA SOMBRA QUE NO ME DEJA

Los poetas malditos franceses y los de nuestra generación decapitada arrastraron toda su vida la maldición de su mala reputación. El opio, el achish, las sustancias alucinógenas les envolvían en una nube de singularidad y desaprobación por parte de una sociedad “municipal y espesa” como dijo uno de los nuestros. La tristeza y la melancolía les hacía seres taciturnos, que gastaban melena y vivían en una torre de cristal alejados de la vulgaridad del mundo. Detrás de la pobreza para ellos no había causas sociales, sino mala suerte  y, sobre todo, la voluntad de Dios. A donde iban les antecedía la sombra de su reputación. Las beatas cambiaban de vereda si veían venir uno de estos raros y los feligreses se santiguaban al verlos pasar. Lo curioso está en que quienes los llegaban a conocer se encontraban con seres extraordinarios, llenos de luces y buenos sentimientos, piezas desarticuladas de la cuotidiana realidad, incapaces de encajar en el rompecabezas de la vida diaria.

En el micro mundo de la política de la izquierda ecuatoriana sucede también algo parecido. El estado general del pensamiento de izquierda han sido las concepciones reformistas, mismas que jamás llegaron a ser políticas de Estado sino simples planteamientos reivindicativos que la conciencia feudal oficialista, a lo largo del tiempo, fue cediendo para neutralizar los estallidos sociales. Un pensamiento revolucionario, imbricado en la teoría universal marxista y las raíces ancestrales de nuestro pasado, puede decirse que jamás ha surgido. El pensamiento liberal “machetero” de Alfaro fue la epopeya política para, a grandes zancadas, poner al Ecuador en la línea de la modernidad liberal que ya avanzaba a paso apresurado en el resto del mundo y la gesta correista de comienzos de este milenio no fue otra cosa que el estirón histórico de las fuerzas socialdemócratas que, de esa forma, tomaban la posta a la epopeya liberal. Correa, en este siglo, tuvo la misma sagacidad que Alfaro a finales del siglo XIX de instaurar un Estado de Bienestar, necesario para que el Ecuador saliera de su postración histórica. Ese esfuerzo tiene el mérito de haber intentado proyectar al Ecuador a un horizonte socialista, sin haberlo logrado, por supuesto.

El progresismo correista fue un partidero de aguas en nuestra historia. La huella de su acción ha sido notablemente profunda, a tal punto que la derecha ya lleva tres periodos presidenciales tratando de borrarla y no ha podido. El proyecto demencial de la derecha es restaurar un régimen garciano, en el que los grupos dominantes conserven sus privilegios y las masas trabajadoras y los sectores medios estén subordinados a ellos, Para eso necesitan el poder los próximos cien años. Eso explica el cinismo nobocista para pasarse por el orto las normas democráticas y, abrazar sin temor, el modelo fascista recomendado por el imperio del norte.

La alternativa es ir estructurando una concepción progresista revolucionaria que apoyada en los intereses populares haga frente al neofascismo de las élites, ahora representadas en Noboa. Esto no se logra librando pequeñas batallas que pueden causar escozor en el enemigo, pero que no llegan a herirlo de muerte. El correísmo es la única esperanza, pero sólo si es capaz de superar el caudillismo y entrar en una nueva fase de desarrollo ideológico y organizativo del partido, sin lo cual, es imposible avanzar en un proceso serio de cambio económico-social.

Los que así pensamos no podemos ser invisibilizados por el proyecto progresista. Nuestra radicalidad no puede ser la causa de un aislamiento del proceso que está en marcha. La superación del proyecto neoliberal depende de saber canalizar con éxito esta postura que se irá radicalizando en la medida que la lucha de clases se vaya agudizando.

Las posiciones tibias no pueden cambiarse de vereda al ver venir a los radicales, porque dejarlos fuera es no creer en los destinos de la Patria.

Jorge Oviedo Rueda

3-XI-2025

Publicado en Sin categoría | 1 comentario

ESPECIE EN EXTINCION

Un acucioso fotógrafo capta la imagen de un niño leyendo un libro sentado en un transporte público. Se le ocurre ponerle este pie de foto: especie en extinción.

No es una banalidad, ni una ligereza. Refleja una dramática realidad que está carcomiendo los cimientos de la civilización capitalista, sin que se avizore en el horizonte una solución o una propuesta alternativa.

La gravedad de que la niñez y la juventud hayan perdido el hábito de la lectura no consiste en que nunca sabrán nada de Emilio Salgari, Jack London, Julio Verne o tantos otros autores que nos invitaron a soñar, sino en que ningún contenido llena sus mentes, en que crecen sin proyecciones mentales ni espirituales, como aves que vuelan sin un propósito definido. Si eso sucede, no es difícil colegir que estamos sentando las bases de futuros hombres deleznables, sin personalidad y fácilmente manipulables.

Si la niñez ha perdido el hábito de la lectura, no hay que culparla. Los culpables somos los adultos que, hoy por hoy, vivimos al ritmo vertiginoso de una sociedad que baja por el tobogán de la hecatombe sin capacidad de aplicar el freno. Literalmente hemos abandonado a nuestra niñez y juventud en manos de un monstruo virtual que tiene cara de ángel: el internet No hay forma de cambiar una Tablet o un teléfono por un libro. No se puede imponer tu autoridad paterna en medio de una sociedad que no la respeta. No puedes obligar a tus hijos a nadar contra la corriente, sin correr el riesgo de convertir tu familia en un infierno.

Yo creo que es dramáticamente cierto que los niños lectores son una especie en extinción. Está surgiendo un nuevo tipo de hombre, el homo tecnológicus, ese que explora nuevas formas de adquirir conocimientos. ¿Podemos oponernos a esta realidad? No. Es sencillamente imposible.

Dicen que el sistema educativo actual, a nivel mundial, está diseñado para convertir a las masas en esclavas del capital. Dicen que fue diseñado por las familias poderosas que dominan el mundo. No es difícil verlo. La educación actual nos domestica para besar la mano de nuestros verdugos, pero son nuestros verdugos los únicos que tienen el poder de cambiar las bases de esa educación. Y es aquí dónde radica el peligro. Ese monstruo con cara de ángel es una criatura de su invención, son ellos los que lo programan y lo manipulan, para que por su intermedio nos transmitan su mensaje de alienación y obediencia, para que las cosas sigan igual de lo que han sido desde el principio de los tiempos. ¿Será que no hay esperanza? ¿Tendremos que repetir con Zizek o Chul Han que todo está perdido? ¿Aceptar al neofascismo de Elon Musk como algo inevitable?

La Historia nos enseña que todo acto de reacción revolucionaria contra los opresores ha comenzado en el momento que los insurgentes les arrebatan las armas a sus enemigos. ¿Cómo podemos usar al monstruo con cara de ángel a nuestro favor? Esa es la misión del neo marxismo y no la repetir frases y fórmulas pensadas por nuestro maestro hace ya cerca de doscientos años. Su método es su legado vivo.

Los niños lectores, esa “especie en extinción” me da nostalgia, porque representa mi niñez y mi juventud, pero hoy estamos frente a una nueva realidad.

Jorge Oviedo Rueda

2-II-2025

Publicado en EDITORIALES | Etiquetado , | Deja un comentario

A TI, PEDRO GRANJA, QUE TE CREES MUCHOLOTE

Sólo para que te ubiques, Pedro Granja, voy a comenzar este mensaje refiriéndome a mí mismo. Mi nombre es Jorge Modesto Oviedo Rueda, ibarreño de nacimiento, chagra residente en Quito por casi toda mi vida y ahora viviendo tranquilo en la paz paradisíaca de Mindo, noroccidente de Pichincha. Como ves, soy serrano hasta las huevas.

Estudié en el Montúfar. Inmediatamente que gané ese concurso colegial de oratoria que se llamaba El Libro Leído, comencé a militar en las filas de la izquierda ecuatoriana. No en el PCML, ni en el MIR, ni en el PC, en el Partido Socialista Revolucionario Ecuatoriano, a cuyas filas, para que lo sepas, me coptó el mismísimo Manuel Agustín Aguirre. El poder de una pistola me llevó a Cuba. Los hermanos cubanos no me dieron la instrucción militar que pretendía, pero me invitaron a estudiar. Estudié Filosofía y Letras e Historia, que en el socialismo es equivalente a Sociología.

Cuando regresé volví a las filas del PSRE. Telmo Hidalgo y Laura Almeida me abrieron las puertas del Partido y en él milité toda mi vida, librando dura batalla contra el oportunismo de izquierda y la corriente patiamarilla incrustada en sus filas desde que Víctor Granda y Enrique Ayala Mora se adueñaron del Partido. Dejé la militancia después del 44 Congreso en que, por medio de triquiñuelas y fraude, Víctor Granda me ganó las elecciones para secretario general. Cuando Diego Delgado Jara fue secretario general yo fui su más cercano colaborador. Su talento brillante, pero caótico y sin rumbo, no nos permitió construir el instrumento que toda revolución necesita. Antes de Diego, y con Diego, libré dura batalla contra la corriente electoralista encabezada principalmente por Ayala Mora. Tengo archivados todos los documentos históricos que avalan esta afirmación y, un día que tenga los recursos necesarios, los haré públicos.

Esto para que comprendas, Pedro Granja, que no soy un improvisado en la Izquierda Ecuatoriana y que, dentro del PSE, soy uno de los pocos que no ha traicionado el espíritu del glorioso PSRE.

¿A qué le llamo “espíritu del glorioso PSRE”? Verás, explicar eso es demasiado largo para este mensaje, pero lo voy a sintetizar de la siguiente manera: mantener viva la llama revolucionaria que implica, antes que todo, construir un partido ideológico, fuerte y organizado, capaz de resistir la vesania de las clases dominantes y el poder del imperialismo. Eso es el “espíritu glorioso”.

En la década de los sesenta y setenta creíamos que había que romper de un tajo la Historia, para lo cual sentíamos como obligación moral irnos al monte y hacerles la guerra a las élites y a los yanquis. En los años ochenta todavía el fuego de esas concepciones se mantenía encendido (los AVC como ejemplo), en los años noventa comenzamos a dudar de la eficacia de esa estrategia y a partir del surgimiento del chavismo, se abrieron nuevos horizontes para la izquierda latinoamericana. Surgió con fuerza la corriente progresista que, reivindicando la pureza ideológica del socialismo allendista, se enfrentó con éxito a las fuerzas internas e internacionales de la reacción capitalista.

En Ecuador emergió la figura de Rafael Correa Delgado. Este líder, de esencia reformista, se adueñó del discurso de izquierda y triunfó electoralmente en el 2006. Toda la izquierda apoyamos su proyecto, admirados de la fuerza de su liderazgo. Para entonces yo ya luchaba solo en la izquierda y veía con esperanza el potencial del proyecto progresista. La izquierda boba, encabezada por el Quike Ayala y su combo, rompió con Correa y se sumó al coro de los odiadores, demostrando su infinita pequeñez y su gigantesca vanidad de creerse dueños de la verdad. Más que la derecha, esa izquierda le ha hecho un daño colosal al país, porque su odio, manipulado científicamente por las élites y el imperialismo ha impedido avanzar al verdadero proyecto popular.

El espíritu glorioso del PSRE me aconsejó siempre que se preocurara una alianza clasista entre todas las fuerzas progresistas y revolucionarias del Ecuador. Esto quiere decir una alianza que tenía que ir de la izquierda posible que desde 2006 comenzó a ser el progresismo correista, hasta la izquierda revolucionaria, esa que se identifica con el proyecto popular radical, organizado y conceptual. No una alianza del centro a la izquierda, sino de la izquierda al centro.  El espíritu glorioso del PSRE comprendía que había surgido un liderazgo fuerte y que había que apoyarlo francamente y sin complejos, dentro del progresismo, no fuera de él. Al progresismo de Correa había que darle una voz crítica, ideológica y conceptual que superara sus limitaciones. Mi solitaria voz, desde las filas de un pequeño grupo de reflexión político-teórica no se ha cansado nunca de repetirlo e impulsar esa posición, la única libre de vanidades, de egos desmesurados y de falsos liderazgos que siempre han terminado cayendo en el vacío. Ñukanchik Socialismo no ha tenido éxito, pero no ha dejado de tener razón.

Ahora vienes tú, auspiciado por el PSE. Entras con chalaca, como todo bravucón de barrio, pretendiendo ponerte en primera fila al atacar a Rafael Correa, líder histórico del progresismo en el Ecuador. No valen los argumentos de que Correa es derecha acomodadora del capitalismo, que pudiendo ser cierto, se necesita ser bestia dogmática para no darse cuenta de que es el único dirigente de la zurda que ha tenido éxito en su lucha contra las fuerzas del capital. Los verdaderos revolucionarios, los que, sin complejos, queremos que avance el proyecto popular, creemos que se debe luchar dentro del progresismo, obligando al reformismo de izquierda a convertirse en reformismo revolucionario, aprovechando dialécticamente la fuerza del proyecto correista. No es lo mismo la vanidosa pretensión de esa izquierda -a la que ahora tu representas-, de infiltrarse en las filas progresistas para en una lucha absurda de quítate tu para ponerme yo, hacer lo mismo que Correa, sino vivir en el progresismo como los glóbulos rojos viven en la sangre hasta teñir de rojo revolucionario todo el proyecto. No es esa tu concepción. Desde el momento que saltas a la palestra política creyendo que podrás superar el éxito electoral de la RC5, estás demostrando que te meas fuera del pilche y que tu candidatura no será sino una mancha más en la piel del tigre de la frustración popular.

Si hubieras planteado una alianza con la RC5 desde la primera vuelta, te juro que te hubiera respetado. Tu ego no te lo permite y te convierte en un oportunista más, con la sospecha, de mi parte, de que detrás de ti se siguen moviendo las sombras funestas de Ayala Mora y otras hierbas de triste recordación para los intereses populares.

En tu defensa dirás que en la segunda vuelta apoyarás a Luisa. Hasta de eso tengo dudas, pero de ser así, no será sino una declaración pública del inmenso oportunismo político en el que sumieron el “espíritu glorioso” del PSRE.

Mi voz es la voz de una militancia socialista que jamás claudicó.  A los que ahora pintamos canas, nos da lástima que, a las nuevas generaciones de socialistas, les sigan engañando como engañaron y manipularon a las nuestras.

No puedo desearte éxitos, porque se que estas equivocado y en estas próximas elecciones no harás otra cosa que detener el avance de la verdadera revolución en el Ecuador.

Recuérdalo, mi nombre es Jorge Oviedo Rueda.

Quito-23-XII-2024.

Publicado en ELECCIONES 2025. Unidad de la izquierda | Deja un comentario

LA TIRANÍA DE LAS MAYORIAS

¿Tuvo razón el aristócrata francés Alexis de Tockeville sobre que en la democracia norteamericana el peor peligro estaba en que las mayorías ignorantes serían las que impondrían su voluntad sin derecho a ninguna apelación? El francés entendía que al no ser lo mismo igualdad y libertad las mayorías iban siempre a preferir la igualdad antes que la libertad aunque eso signifique aceptar las diferentes formas de esclavitud que el sistema capitalista trae consigo. Si, el capitalismo, porque Tocqueville basa sus reflexiones en la observación de la naciente democracia norteamericana.

Escribo este micro ensayo de memoria, basado en lo que recuerdo de cuando estudiaba a este pensador y, particularmente, centrándome en su idea de que con la democracia irrumpe un nuevo actor social que son los ciudadanos a quienes la revolución burguesa les ha otorgado el derecho a participar, por medio de la consulta electoral, en las decisiones del Estado, ergo, los destinos de la patria.

Sus observaciones de la democracia norteamericana le llevan al convencimiento que la aristocracia perdió para siempre el poder, que los nuevos dueños son los señores burgueses y considera que eso es irreversible. Su preocupación tiene más que ver con los derechos que el nuevo sistema le otorga al “estado llano” que con los nuevos protagonistas de la conducción del Estado. En el fondo, él sabe que la burguesía terminará consolidando una alianza de clase con la aristocracia. La preocupación estaba, para él, en cómo se trataba de aquí en adelante a los ciudadanos comunes y corrientes que ahora eran sujetos de derecho.

La teoría liberal, químicamente pura, ve en la participación ciudadana el paso de avance que el sistema político logra con respecto a las limitaciones feudales y no se equivoca. El individuo cobijado bajo la consigna revolucionaria de la revolución francesa, igualdad libertad y fraternidad es inmensamente más pleno y libre que el siervo feudal y es este el motivo de preocupación para el aristócrata Tocqueville ¿Habrá llegado el momento histórico de que el poder ancestral de las clases dominantes tengamos que cederlo al ciudadano común y corriente, llevado más por apetitos materiales que por preocupaciones intelectuales y espirituales? Reconoce que es un paso histórico irreversible, pero, parece preguntarse, ¿qué debemos hacer para que el poder, sin pasar de manos, aparente que lo ha hecho?

La Democracia en América de Tocqueville fue publicada en la tercera década del siglo XIX. Todo ese siglo sirvió para que los teóricos del liberalismo descubrieran la fórmula perfecta para que, pese a los cambios revolucionarios efectuados desde la Revolución Francesa de 1789, el poder continuara en manos de aquellos que habían dirigido el mundo desde los inicios de la civilización humana. La historia política del siglo XIX no es sino la del perfeccionamiento sistemático y progresivo del cómo se debe mantener el poder con la apariencia de que los dominados están interviniendo en las decisiones del Estado Nación creado por ellos. Es la esencia de la democracia occidental.

¿Cuál fue la fórmula encontrada por la alianza histórica de la aristocracia y la burguesía emergente? Sencilla y efectiva: darle el voto “democrático” al ciudadano común, colmarle de derechos, menos el económico y mantenerlo en la más supina ignorancia, sobre todo de cual es el verdadero fin de la educación.

Creo que Tocqueville no vislumbró este recurso, pero los beneficiarios del cambio político que se dio con la Revolución Francesa, si. El poder burgués se ha perfeccionado a lo largo de los siglos XIX y XX y llega a nuestros días con todos sus instrumentos de dominación en perfecto estado de funcionamiento.

La ignorancia de las masas es el arma todopoderosa que tienen las élites locales y mundiales. Las masas ignoran que el voto no es un camino democrático, sino la forma perfecta que tienen los sectores dominantes para mantener satisfechos y contentos a sus esclavos. El estado mental de las masas es equivalente al de un niño, fácilmente impresionable. Si el padre le dice al niño que el camino correcto es el de la derecha, el niño odiará el camino de la izquierda y jamás descubrirá que por él sólo camina al abismo. Sacar de ese estado mental explica por qué las minorías le tienen pánico a la cultura de las masas. La ignorancia es la garantía de su dominio.

Todo el aparataje ideológico, cultural, político y espiritual no tiene otro fin que ocultar esta simple verdad: las masas son esclavas de los intereses de las minorías. Si las mayorías no toman conciencia de esta verdad, es imposible la liberación.

El “florindismo” en el Ecuador se inscribe en esta lógica. Si hay un líder que se da cuenta de esta verdad y actúa para quitarle la venda de los ojos a las mayorías, será perseguido, odiado, desprestigiado y combatido hasta la muerte.

Rafael Correa es un claro ejemplo de esta dura realidad.

Jorge Oviedo Rueda

12-11-2024.

Publicado en Sin categoría | Etiquetado , , , | Deja un comentario

EL DERECHO A LA INTELIGENCIA

Hay verdades que no necesitan demostración, por ejemplo, que la luna es redonda, porque sólo es necesario alzar a ver al cielo para comprobarlo. O en filosofía política, que el entorno socio-económico en el que nacemos condiciona, desde que somos concebidos, nuestra formación. Es un determinismo histórico ineludible.

Hace dos mil quinientos años Aristóteles lo dejó escrito. Nuestra civilización, la que es resultado de tres corrientes culturales que convergen en el tiempo, la griega, la romana y la hebreo-musulmana, viene condicionando nuestra personalidad histórica desde entonces. Somos su producto. Aún los filósofos fundadores del racionalismo científico, no han podido escapar a este determinismo cultural-civilizatorio. Ni siquiera el más formidable crítico de sistema capitalista, como fue Marx, lo ha hecho. En el nivel conciencial, nacer es heredar. Heredamos lo que es bueno y malo para nuestros progenitores. Así ha sido desde el principio de los tiempos.

Cuando en el siglo XIX se consolida el capitalismo como sistema, el nuevo Estado va creando, progresivamente, una superestructura jurídica cuyo fin es normar la vida civilizada de la nueva sociedad. Rousseau lo llamó Contrato Social. Tres fuerzas poderosas intervienen en la construcción de esa nueva realidad jurídica: la Iglesia, guardiana de las tradiciones feudales incorporadas con un nuevo envoltorio a la modernidad, la libre empresa como alma generadora de un nuevo concepto de libertad y la fuerza militar como guardiana del nuevo orden. Juntos van delineando la imagen y la esencia de lo que será la civilización del capital.

¿Para quiénes lo hacen? No son los dueños del poder los que van a poner en peligro este nuevo ordenamiento. Lo hacen para mantener inmovilizados a quiénes no se ven favorecidos por esta transformación, las masas de trabajadores de la ciudad y del campo que son los que tienen que poner el lomo para sostener la marcha de esta formidable maquinaria social.

Se le llama “código de la democracia” a ese conjunto de reglas y normas que moldean al ciudadano correcto, fiel cumplidor de las leyes, defensor de su Patria, de Dios y de las leyes.

En la práctica esa montaña de leyes, normas y reglas se traduce en un comportamiento estandarizado de toda la población, que consiste en aceptar disciplinadamente las normas. La sociedad entera, en su aparente caos, está rígidamente disciplinada.

Sales a trabajar, cumples tus ocho horas de trabajo, regresas cansado a tu casa, te sientas frente al televisor, juegas unos minutos con tus hijos, mal atiendes a tu mujer y te echas a dormir. Al otro día la misma rutina. Todos los medios masivos de comunicación, el sistema educativo y la cultura en general, derrochan inteligencia para defender este orden de cosas.

Probabilísticamente, uno de cada cien mil habitantes es capaz de romper el cerco. La inmensa mayoría se acomoda plácidamente en el rebaño, lo que trae como consecuencia que las víctimas de la opresión se convierten inconscientemente en defensores del status.

Ese uno de cada cien mil habitantes es la esperanza de la humanidad. Hay dos vías para romper el cerco: la genialidad individual que nos lleva al inconformismo, no a la rebeldía, sino a estar inconforme con ese estilo de vida que corta sus alas y lo condena a vivir una vida de miseria material y espiritual y una segunda vía que es el estudio serio de una ideología revolucionaria y crítica del capitalismo. La única ideología científica es el marxismo.

Hoy la ideología extrema de la derecha mundial ha iniciado una ofensiva para reducir la ideología revolucionaria a una secta criminal y vengativa, cuya finalidad última es la destrucción de la civilización en que vivimos. Los libertarios se han convertido, ellos si, en una secta fascista que no encuentra otra solución que exterminar al pensamiento de izquierda, sin excusas ni contemplaciones. Hasta el aspecto físico de Milei simboliza esta cavernaria aspiración.

El derecho a la inteligencia que tenemos los seres humanos de izquierda es romper el férreo cerco del determinismo histórico y saltar del rebaño. Luchar por un mundo mejor es nuestro derecho a la inteligencia.

Jorge Oviedo Rueda

18-07-2024

Publicado en EDITORIALES | 5 comentarios

POR QUÉ NO ES POSIBLE LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA

En un artículo publicado en julio de 2023 sostenía lo siguiente: “La única unidad posible y salvadora es la unidad clasista. Unidad en la diversidad de los explotados, nunca unidad entre los explotados y los explotadores. Los de arriba si han comprendido esta verdad, por eso fomentan el fraccionamiento entre los de abajo. Cuando entre los de abajo surgen líderes que promueven su unidad, son perseguidos y exterminados, no los dejan prosperar”.

Antes, mucho antes de 2023, en nombre de Ñukanchik Socialismo, insistíamos en el tema de la unidad como un requisito imprescindible para la victoria de los intereses populares. El agua corrida bajo el puente de nuestra democracia nos deja muchas lecciones que los “zurdos” nos negamos a aprender.

Primera lección: la estrategia de dominación no es una estrategia local, sino internacional. Moreno estuvo manejado por la embajada yanqui y, desde él, es la embajada la que maneja los hilos de la política ecuatoriana. Presidente, Fiscal, Contralor y todos los organismos de control están bajo su mando y tienen repartidos, en todos los niveles de la opinión pública, “topos” super eficaces que, junto a la gran prensa pautera, se encargan de inducir el pensamiento de un ejército de votantes que ahora tienen acceso a las redes sociales del internet. El resultado de esta realidad es que casi por reflejo y, contra toda lógica, las elecciones las gana la derecha. No hemos aprendido que contra esta estrategia de dominación tenemos que labrar la unidad clasista de los sectores populares.  A estas alturas es lógico colegir que quién está contra esa unidad le está haciendo el juego al imperio y a las élites locales.

Bajo la premisa de que para derrotar a la derecha hay que forjar la unidad de los sectores populares, la pregunta que surge de inmediato es ¿quiénes están en la obligación de llamar a la unidad? Sin dubitaciones la respuesta es los líderes de la tendencia progresista, aquellos que ya fueron poder y los que todavía no lo han sido. Quiere decir, en primer lugar, los líderes históricos de la Revolución Ciudadana y, a continuación, los dirigentes de los sectores populares, comenzando por los del movimiento indígena y todos, grandes o pequeños, dirigentes de la tendencia progresista y de la izquierda radical.  Es una unidad de clase que comienza por la identificación de quienes aspiran a transformar este país.

Pero a estas alturas nadie ha dado un paso adelante. Hace más de un lustro Rafael Correa hizo unas declaraciones llamando a la conformación de un FRENTE PROGRESISTA NACIONAL, después no se ha vuelto a referir a esta iniciativa y tampoco los líderes de la tendencia. La unidad no surge por generación espontánea ni por arte de magia. Es el resultado de la suma de las voluntades y de la comprensión del momento histórico que vive la nación. Hoy, como nunca antes, la unidad del progresismo y de la izquierda es imperiosa, so pena de que el país siga en manos de las fuerzas de la antipatria.

ESTA ES LA RAZÓN

En primer lugar, porque en toda la tendencia progresista de izquierda se encuentran infiltrados los agentes del imperio y de la derecha local. En la cúpula de Pachakutik prevalece la opinión de que hay que hacer pactos con la derecha para avanzar, contraviniendo el principio fundamental de que la unidad es una unidad de clase y se tiene que dar entre los sectores populares y no con los enemigos de clase. El movimiento indígena está atado a esta dirección pro derecha y tiene muy poco margen para las iniciativas autónomas, como se ha demostrado cada vez que un dirigente muestra sus intenciones de no ceñirse a la dirección política de PK. En estas condiciones la unidad de clase es imposible.

Lo mismo sucede en las fuerzas políticas progresistas. En la RC5 han ido ganando posiciones aquellos sectores que creen en la alianza con los enemigos y no en la unidad clasista. Aguiñaga, Aquiles Álvarez y otros dirigentes del correísmo apuestan el éxito del movimiento a las alianzas electorales y no a la unidad clasista. Por eso no es posible la unidad.

Por otro lado, hay una izquierda radical e infantilista que apuesta a una fórmula químicamente pura de independencia de clase desconociendo miopemente que la izquierda posible en los momentos actuales es el progresismo. Es una izquierda que carece de líderes electoralmente solventes y planes políticos mínimamente creíbles. Su radicalismo está fuera del momento histórico que se vive en el Ecuador.

ÑUKANCHIK PROGRESISMO APUESTA A LA UNIDAD

Ñukanchik es un pequeño grupo de reflexión que no ha dejado de estar al tanto de la marcha de la izquierda en el Ecuador. Intelectuales que dejamos nuestras matrices políticas después de una larga lucha inútil por enrumbar la marcha de la izquierda, pero el hecho de habernos desprendido de nuestros orígenes políticos no quiere decir que hayamos abandonado la lucha. Alejados de la militancia política hemos tenido oportunidad de ver con mayor objetividad los acontecimientos.

La principal enseñanza que nos ha dado la lucha es que en nuestro medio hay una izquierda posible y otra imposible. La izquierda imposible es la que sigue atada a la herencia heroica del Che Guevara y de los guerrilleros de la Sierra Maestra. Es una fidelidad principista nada práctica que en la marcha de la lucha termina siempre coincidiendo con la derecha. No está equivocada en sus principios, pero no ha sido capaz de asimilar las lecciones que la ya larga marcha de la izquierda en toda América Latina nos da. Cortar de un tajo la Historia de nuestros pueblos es, a estas alturas, no solo una utopía, sino un error. Las fuerzas de la represión mundial están abrumadoramente por arriba de esas buenas intenciones.

Jugar en el mismo terreno del enemigo es la alternativa posible. Salvador Allende vuelve de la Historia para recordarnos que tenía razón. Nuestra obligación es superar los errores que ese heroico hermano cometió durante su gestión. Eso es, justamente, lo que hace la corriente latinoamericana del progresismo. Desde que el comandante Chávez triunfó en la hermana Venezuela, la izquierda tiene una nueva oportunidad. Es la izquierda posible, la única que llena los pulmones de nuestros pueblos de nuevas esperanzas.

¿Cómo podríamos convertir esas sanas aspiraciones en realidades concretas? El único camino es el de la unidad.

Ñukanchik quisiera tener la fuerza para convocar a la unidad y que todos los sectores progresistas y de izquierda asistieran, pero esa es una aspiración irreal. Sí cree que dirigentes como Rafael Correa, Leonidas Iza, Andrés Araúz, Luisa Gonzales, Pedro Granja y muchos otros líderes deberían alzar su voz para convocarla, dando los pasos necesarios para conformar, en primera instancia el FRENTE PROGRESISTA NACIONAL.

Este FRENTE es un paso táctico en la marcha de la unidad clasista al triunfo electoral y un requisito para la alianza programática que haga posible la construcción de una nueva sociedad. Se trata de una alianza electoral para derrotar al imperio y a las élites locales, tomar el gobierno y crear las bases para construir el poder popular. Es un error exigir que esta alianza electoral tenga como requisito la definición de un programa de gobierno, porque ese es un paso a posteriori del triunfo electoral, pero en la unidad del FRENTE cada organización progresista y de izquierda tiene la oportunidad de plantear sus aspiraciones. Para la unidad electoral sólo es necesario definir un Plan de Acción con pocos puntos de trabajo inmediato que servirán para impulsar el proceso de cambio.

No hay excusa para no procurar la unidad. Como dice el dicho popular: juntos, pero no revueltos. Los procesos sociales auténticos se inician con el debate de nuestras ideas, con la identificación de nuestras posturas, con las diferencias de la variedad, pero con la seguridad de que estamos unidos por los intereses de clase. Los que no entienden la importancia de este proceso, deben comenzar a ser considerados enemigos de los interese populares.

ÑUKANCHIK PROGRESISMO POR LA UNIDAD EN EL FRENTE PROGRESISTA NACIONAL.

Quito-03-06-2024

Publicado en ELECCIONES 2025. Unidad de la izquierda | Etiquetado , , | 1 comentario

VERÓNICA ABAD

En voz del pueblo siempre se repite ese aforismo que afirma que hay que cuidarse más de los amigos que de los enemigos, lo que resulta, casi siempre, dolorosamente cierto.

En el amor, la traición de la amada o del amante ponen de manifiesto que la confianza en la pareja es la antesala de la traición, pero esto es en el amor, donde la flecha de Cupido trae, entre otros componentes, la confianza, que resulta ineludible cuando uno hace pucheros por su amado (a).

Pero en política no es aceptable la idea de ponernos en manos de nadie. La política exige de los líderes la necesidad de crear mecanismos para evitar que la puñalada trapera venga del mismo círculo de confianza que uno crea para dirigir a los pueblos. No hacerlo no es un error menor. La traición de Moreno ejemplifica este aserto con mayor fuerza que cualquier otro ejemplo.

Cuando en 1984 asistimos a la campaña electoral que enfrentaba una opción socialdemócrata y otra neoconservadora, tuvimos la oportunidad de ver sobre el tapete las ideas, mondas y lirondas, de ambas opciones. Borja defendió la tesis de fortalecer el Estado y Febres Cordero la empresa privada, Borja la necesidad del diálogo y los acuerdos interclasistas, Febres la represión y la violencia como método del accionar político. Lo importante es que ninguno disfrazaba sus intenciones y, cuando llegaron al poder, sus ideas se reflejaron en la conducción del Estado.

Cuarenta años han pasado desde entonces. Nunca después de esto la política nacional volvió a correr por los andariveles de la honestidad y franqueza política. Después que en la década de los noventa irrumpe el movimiento indígena como una fuerza decisoria en los destinos patrios, la puta oligarquía se da a la tarea de camuflar sus intenciones para buscar el apoyo popular. El período partidocrático no fue sino el concurso de mentiras interoligárquicas para enamorar a las masas y conquistar su apoyo, incluido los populismos irresponsables de Bucaram y Gutiérrez. El aquelarre oligárquico de repartirse la patria como si fuera un a presa, terminó cuando irrumpió la figura de Rafael Correa. Por primera vez un líder de la izquierda posible en el Ecuador comienza a llamar al pan pan, y al vino vino. La oligarquía no puede confrontar sus ideas con un líder que, sin ser ni socialista ni revolucionario, es lo suficientemente lúcido y valiente para poner orden en el caos reinante. Una década fue suficiente para demostrar que una ideología basada en los intereses populares podía construir una patria próspera y mejor. La única respuesta que se les ocurrió a las élites enanas fue el odio y el desprestigio que, desde la llegada al poder de Lenin Moreno, se fue orquestando como una campaña colosal de educación en el odio a Correa y lo que él representa.

La alianza interoligárquica de Moreno-Lasso destruyó la obra material del correísmo y ha bombardeado sin descanso la conciencia nacional para posesionar en la mente de la población la idea de que por culpa de Correa el país está en la quiebra. Pero el sol no se puede tapar con un dedo. Las elecciones seccionales catapultaron nuevamente al progresismo correista y las elecciones forzadas después de la muerte cruzada decretada por Lasso daban a la candidatura del correísmo una contundente victoria en la primera vuelta. La oligarquía nacional, con la embajada norteamericana, tenía que impedir semejante arremetida de las fuerzas progresistas y recurrieron al crimen de Fernando Villavicencio para lograrlo.  Alcanzaron su objetivo de poner en segunda vuelta a uno de sus alfiles. El favorecido fue el menos esperado, el empresario e hijo de empresario Daniel Noboa.

Este resultado no se lo esperaba ni el mismo Binomio conformado por Noboa y Abad. Comenzaron a ajustar la imagen que iban a proyectar en la segunda vuelta. La oligarquía es experta en camuflar sus ideas, pero en ocasiones se produce una fisura en su manera de pensar y se filtran, más allá de la imagen, sus verdaderas intenciones. En esta ocasión la “tonta” del paseo ha sido la candidata a la vicepresidencia de Daniel Noboa.

Verónica Abad ha sido brutalmente sincera con el credo político de su binomio empresario. Ha dicho que el Estado no tiene que ocuparse de nada que tenga que ver con el bienestar de las masas necesitadas. Educación, salud, producción, industria, agro, comercio exterior e interior, seguridad, policía, fuerzas armadas, cultura, petróleo, minería, todo, absolutamente todo, debe estar en manos del sector privado Yo creo que sólo Trump en los Estados Unidos y Febres Cordero en el Ecuador tuvieron los testículos que esta mujer tiene para expresar la esencia de su pensamiento político.

Es hora de la real confrontación ideológica, que no es otra cosa, en el fondo, que una confrontación de clases. Y la que lo propone es la candidata de las oligarquías, la candidata a la vicepresidencia de una inesperada liebre de la política nacional que detenta el apellido de uno de los más grandes empresarios del Ecuador: Noboa.

La actitud de esta mujer ha puesto en guardia a las élites ecuatorianas. Le han mandado a callar e inclusive, se sabe, está presionada a renunciar a su candidatura. ¿Por qué? Es la pregunta.

Está comprobado que el neoliberalismo empresarial no es un modelo de Estado que entusiasme a las masas. Viene fracasando desde el siglo pasado y no puede exhibir ni en el mundo, ni en la región, un ejemplo exitoso de gestión. Ha fracasado en Brasil, Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Ecuador.  Ha triunfado por medio de la fuerza y por medio de la fuerza se ha mantenido. Las oligarquías se ven obligadas a maquillar sus ideas y para hacerlo se ven obligadas a incorporar en sus discursos las ideas del progresismo americano que, por contraste, es el que más éxito ha tenido en la región desde que a comienzos del presente siglo irrumpiera en el panorama latinoamericano. La oligarquía y las fuerzas del poder mundial tienen miedo de la confrontación ideológica porque saben que están en desventaja. Por eso le han hecho carga montón a una ingenua cargada de sinceridad ideológica que a estas alturas se atreve a poner a flote la esencia de su retrógrado pensamiento.

Luisa Gonzalez tiene que obligar a Daniel Noboa a aceptar la confrontación ideológica porque el progresismo, del cual ella es parte, es infinitamente superior al de sus contrincantes. La pelea es peleando, dice otro dicho popular, y jamás se ha visto que un gusano le pueda hacer daño a un águila. En la lucha callejera, se pueden decir muchas bascosidades, pero en la confrontación ideológica de los líderes que representan las tendencias, sólo triunfa la verdad.

Mónica Abad le ha mandado un mensaje claro y directo a su binomio: no es hora de mentir, tenemos que triunfar o perder con las ideas que nos caracterizan, no podemos triunfar con los argumentos de Rafael Correa y gobernar con las ideas del MorenoLassismo.

Aplausos para esta mujer que parece tener los ovarios más bien puestos que los cojones de muchos de los empresarios que quieren llegar al poder.por medio de la mentira, su binomio, en primer lugar.

Jorge Oviedo Rueda

4-06-2023

Publicado en EDITORIALES | Etiquetado , , | 1 comentario